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Las dinastías sucesoras autónomas
A partir del 856, Egipto se concedió como un iqta (una forma de feudo) a la oligarquía militar turca que dominó el califato de Bagdad. En el 868, Ahmad ibn Tulun, un turco de 33 años, fue enviado al país como gobernador. Hombre de talento y educación, Tulun gobernó de forma prudente y adecuada, pero también transformó a Egipto en una provincia autónoma, vinculada con los Abasíes sólo por el pago anual de un pequeño tributo. Tulun levantó una nueva ciudad, El-Qatai, al norte de Fustat. Bajo su gobierno benevolente, Egipto conoció una época de prosperidad y expansión llegando incluso a anexionarse Siria. La dinastía de Tulun (los tuluníes) gobernaron durante 37 años un imperio que englobaba Egipto, Palestina y Siria.

El califato Fatimí

Después del último gobierno de los tuliníes, el país cayó en un estado de anarquía. Sus débiles condiciones lo hicieron presa fácil para los fatimíes, que en el 909, al rechazar la autoridad de los Abasíes, habían proclamado su propio califato en Túnez y a mediados del siglo X controlaban la mayor parte del norte de África. En el 969 invadieron y conquistaron Egipto, y a continuación fundaron una nueva ciudad, El Cairo, al norte de Fustat, que se convirtió en la capital de su imperio. No obstante, Fustat quedó como el centro comercial del país bajo los fatimíes. Constituyó un impresionante centro urbano con un excelente alcantarillado subterráneo. Egipto disfrutó entonces de un periodo de tranquilidad y prosperidad.

Los fatimíes, aunque seguidores de la doctrina Shií, convivieron pacíficamente con la población mayoritariamente suní. Fundaron la primera universidad del mundo, al-Azhar, y El Cairo se convirtió en un gran centro intelectual.

El sultanato de los ayyubíes

La estabilidad desapareció con los últimos gobernadores fatimíes, que no pudieron controlar sus regimientos indisciplinados de soldados bereberes y sudaneses. Una bajada en el curso del Nilo causó graves hambrunas en 1065. Además, aparecieron nuevos peligros con la primera Cruzada, que procedente de Europa occidental estableció el control cristiano sobre Siria y Palestina a finales de la última década del siglo XI. Los califas fatimíes, rehenes de sus generales, llamaron a Nur al-Din de Alepo, que envió un ejército para ayudarles contra los cruzados en 1168. Saladino I, uno de los generales de Nur al-Din, se instaló como visir. En 1171 abolió el califato fatimí, instauró la dinastía ayyubí y restauró el dominio suní en Egipto. Saladino I reconquistó la mayor parte de Siria y Palestina a los cruzados y se convirtió en el gobernador más poderoso de Oriente Próximo en su época. Su sobrino, el sultán al-Kamil (reinó en 1218-1238) logró defender con éxito a Egipto del ataque cristiano entre los años 1218 y 1221, pero tras su muerte, el poder de los ayyubíes decreció. La novena Cruzada, dirigida por el monarca francés Luis IX el Santo, fue rechazada en 1249, con la ayuda de los mamelucos, tropas formadas por esclavos al servicio de los ayyubíes. Al año siguiente los mamelucos derrocaron a los ayyubíes y establecieron su propia dinastía.

Las dinastías mamelucas

Los integrantes de la primera dinastía de mamelucos mantuvieron el poder como sultanes de Egipto hasta 1382. La sucesión hereditaria tenía poco arraigo y el trono fue usurpado por los emires más poderosos. Muchos de ellos fueron gobernantes destacados, como Baybars I que detuvo el avance del pueblo mongol en Siria y Egipto en 1260. Otras dos invasiones fueron rechazadas por los mamelucos, quienes también expulsaron a los cruzados de la región y tomaron Acre, su última plaza fuerte en Palestina, en 1291. A finales del siglo XIII y comienzos del siglo XIV, el territorio de los mamelucos se extendía hacia el norte hasta los límites de Asia Menor.

El periodo mameluco fue una época de extraordinaria brillantez en las artes. También supuso un periodo de expansión comercial; los comerciantes de especias de Egipto, los karimí, disputaron con los emires en el patronazgo de las artes.

Después de la muerte del último gran sultán mameluco en 1341, Egipto inició una etapa de decadencia. Sus descendientes fueron meros testaferros que dejaron el poder real en manos de los emires. En 1348, la peste negra asoló el territorio y redujo considerablemente la población.

La segunda dinastía de sultanes mamelucos, los buryíes, era de origen circasiano y gobernó desde 1382 hasta 1517. La mayor parte de los gobernadores buryíes ejercieron poca autoridad; su dinastía estuvo marcada por las continuas disputas de poder entre la elite mameluca. En plena rebelión y contienda civil, los mamelucos mantuvieron la posesión de Egipto y Siria gracias a su habilidad para rechazar las invasiones exteriores. Sin embargo en 1517 el sultán Selim I invade Egipto, que quedó integrado dentro del Imperio otomano.

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